Recordando a Sante Geronimo Caserio

Hace exactamente 119 años atras, la fria madrugada del 16 de Agosto de 1894, el compañero Sante Geronimo Caserio fue guillotinado tras ser considerado culpable por la muerte del entonces Presidente frances Sadi Carnot. Hoy dia recordamos la vida del compañero, no por el hecho de tener el inmenso valor para su acto, sino por su actitud guerrera frente a la vida. Saludamos su inclaudicable decicion de continuar luchando, pese a toda adversidad, dejando en claro que la lucha por ser libres se lleva hasta el ultimo suspiro…

Sobre la figura de Sante Caserio posteriormente surgieron en la tradición popular italiana una serie de narrativas y canciones en su memoria. Escritas u oralmente, un número significativo de estas son todavía cantadas en la actualidad, como una de las miles de opciones multiformes de recordar a quienes han sufrido las consecuencias de plantearse en guerra contra la sociedad. Si deseas escuchar algunas: Aqui y Acá

Si quieres conocer mas pasajes de la vida del compañero, Aqui

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Artículo aparecido en el noveno número de la revista Culmine. Buenos Aires, 9 de junio de 1926)

Han transcurrido 32 años desde el día en el que Sante Caserio ajustició en Lyon al presidente de la República Francesa: Sadi Carnot.

Era una época en la cual los anarquistas perseguidos se defendían corajosamente de los ataques despiadados de la reacción europea que, diezmadas sus filas, ajusticiaba a los audaces que osaban rebelarse, encerraba en las bastillas a los apóstoles, deportaba en las cayenas a los agitadores.

Pero los anarquistas no se desarmaron.

De las innumerables filas anónimas de los rebeldes, surgían los vindicadores que, sacrificando audazmente la propia vida, cumplían el sacro mandato de la venganza.

Y esta explosaba implacable en los destellos brillantes de la dinamita, en el brillar de las hojas tersas de los puñales, en el retumbe de los disparos del revólver.

En Italia, en Francia, en la España donde más ferozmente atacaba la reacción, respondían por todos los perseguidos, los encarcelados, los sacrificados. Palo Lega, Augusto Vaillant, Emilio Henry, Paolino Pallas. Y cayeron también.

No sin venganza, un joven veinteañero venido de Francia, de las fértiles llanuras lombardas, asumió solo el compromiso que sus compañeros franceses tenían con Sadi Carnot.

Y la tarde del 24 de junio de 1894, cuando las “Rues” y “Boulevards” de la ciudad de Lyon resplandecían de miles de luces, en medio de una multitud entusiasta y puerilmente servil, antecedía lentamente a la carroza presidencial. Cuando de improviso se adelanta, cual novelesco Harmodio sediento de justicia y de venganza, el rubio panadero de Motta Visconti, apuñalando al tirano de Francia.

Una emoción de terror invade a todas las esferas elevadas de la clase parasitaria, que ya se recostaba delicadamente en los sueños dorados de una optimista tranquilidad, olvidadiza y despreocupada de los últimos ajusticiados.

Otro vindicador surgía para hacer caer el castillo fantástico de las ilusiones, y más formidable que sus predecesores en cuanto golpeó directamente al corazón la suprema dignidad de la sociedad burguesa en la persona de su representante.

Una ola inmensa de maldiciones se levantó contra el iconoclasta que había aterrado al ídolo de la patria.

La prensa sobornada, financiada por fondos secretos de las cloacas ministeriales, fue la primera en alzar la bandera mercenaria de la santa cruzada exterminadora de anarquistas.

La impávida clase dirigente, en su daltonismo político y en su locura temerosa de nuevos y más terribles atentados, apeló a todos sus miedos, a todos sus recursos, a todas sus vías: de humorísticos congresos antianarquistas, a la supresión de la prensa subversiva; de los exilios a las pesquisas domiciliarias; de los arrestos a la vigilancia especial, favoreciendo y alentando denuncias y denunciadores.

Todo ha sido escogido para poner término a estos conatos de barbarie (la frase gentil y caballeresca que viene regalada por el bandido de Ribera, Francesco Crispi, el autor innoble de las leyes excepcionales de aquel oscuro periodo del año 1894), mientras que los psiquiatras y los árcades cooperaron la tétrica reacción, estudiaron los pseudo factores psicológicos de la moderna delincuencia; asesorando tímidamente a los gobiernos de adoptar contra los rebeldes la camisa de fuerza y el manicomio.

De este triste periodo conservo un recuerdo personal.

El mismo día en que Sadi Carnot caía en Lyon, en Fabriano, los republicanos del Circolo “Guglielmo Oberdan” izaban la bandera a media asta.

Este hecho maravilló más bien a los anarquistas locales que preguntaron la razón, y si el izamiento de la bandera era motivado por el hecho de la defunción de algunos miembros, o si había sido izada por el ajusticiado presidente francés.

Respondieron que efectivamente era izada por éste último, por el que se unían al luto universal.

Les fue respondido si su tan cacareada y auspiciada república era al estilo de los franceses; con sus desigualdades económicas, sus amores vaticanistas, sus miserias sociales y… su guillotina.

Silencio.

No hicimos más que observar que Caserio logró en su intento lo que Oberdan había intentado hacer, es decir, castigar a un tirano.

Continuando, diremos que inútiles resultaron las medidas represivas, ímprobos los esfuerzos de los intelectuales.

La burguesía, los gobiernos, finalmente comprendieron que ninguna medida inquisitoria suprime a una idea, ninguna matanza o encarcelamiento por sus militares, porque nada interfiere el fatal andar de la palingenesia social.

Entiéndanlo bien, ¡oh, dominadores del hoy!, la anarquía tiene fuertes y
profundas raíces como para ser echada del terreno filosófico social con una miserable ley policiaca.

La anarquía es la verdad, de hecho, es la base de toda la verdad científica, filosófica, económica, social que encierra los más elevados principios de moralidad, de justicia, de verdad.

El acto de Caserio fue de justicia y de venganza.

De justicia porque él enseñó al pueblo cómo se castiga a los tiranos; de venganza porque se quiso suprimir cruelmente a un hombre que no había matado a nadie sino quitado un poco de cal de las paredes austeras, y hacer tener un poco de miedo a los chulos con medallas del templo mercenario de Temis.

Edoardo Bersaglia

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